Protegido: 19. Aún no he escuchado tu voz, por favor, dime algo, háblame… Mi garganta sólo le pide que se calle pero se niega a responder más que con gemidos y silencio. Y nos movemos hacia la cama. Estamos de pie a sus pies, y yo me encojo y busco la cremallera de su pantalón y beso su sexo, que está arrugado, y mi cabeza me susurra malas ideas. De verdad, porque en esos momentos de oscuridad es como si una voz externa a mí me las susurrase al oído: ”Imagínate que este hombre es un monstruo. Imagínate que es un auténtico tarado, y que tras su máscara de bonhomia lo que se esconde es un perturbado que se divierte, a costa de estudiar reacciones como la tuya, como ésta que no estás teniendo”. Porque yo ya me había preparado para lo peor. Incluso he llegado a imaginarme que, como Alma insinuó, fuese un enano. Y yo lo miro como si lo desease pero lo hago porque me he preparado para desearle, para que me fuera imposible no desearle, y él se ríe, y en ese momento de dudas terribles pienso que debo de estar pensando en voz alta, que es hasta probable que él esté escuchando mis pensamientos con absoluta claridad. Y por eso se ríe, porque sabe lo que pienso, y porque mi cabeza es lo que hace, y ahora se ha puesto a gritarme, y yo no hago otra cosa, a pesar de ello, que besar y lamer ese pene arrugado, que me he encontrado por sorpresa entre los labios, y que es como el de un niño.

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~ por María Camín en junio 11, 2011.

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