HERÁCLITO DE EFESO – (535 – 484 a. C) – El fuego de ”el Oscuro” –

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En medio de esta mística noche en cuya oscuridad había envuelto Anaximandro el problema del devenir, aparece Heráclito de Éfeso y lo ilumina con un relámpago de luz. “Contemplo el devenir-exclama-, y nadie ha puesto más atención que yo en este eterno flujo y ritmo de las cosas. Y ¿qué veo? Regularidades, seguridades indefectibles, siempre las mismas vías de derecho, tras todas las transgresiones de este tribunal de las Erinias; el mundo en su totalidad, escenario de la justicia distributiva, y, las fuerzas naturales demoníacas, en todas partes a su servicio. Lo que contemplo no es el castigo de las criaturas, sino la justificación del devenir. ¿Cuándo se ha manifestado el crimen, la caída, en formas indestructibles, en leyes tenidas por sagradas? Donde la injusticia reina, allí vemos la arbitrariedad, el desorden, el desenfreno, la contradicción-, pero, en cambio, allí donde imperan la ley y Dike, la hija de Zeus, como en este mundo, ¿cómo hemos de ver la esfera de la culpa, de la expiación, del castigo y, por decirlo así, la prisión?”

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De esta intuición Heráclito extrae dos negaciones armónicas, que sólo se esclarecen por la comparación de los principios de su predecesor. Primeramente, niega la existencia de dos mundos completamente distintos, idea a la cual se había visto lanzado Anaximandro; no hace ya la distinción entre un mundo físico y un mundo metafísico, entre un reino de determinaciones distintas y un reino de indeterminación e indefinición. Pero ahora, una vez dado este paso, no puede detenerse ante más negaciones atrevidas; niega rotundamente el ser. Pues en ese mundo que él contempla -protegido por leyes eternas no escritas, en constante flujo rítmico- no descubre por ninguna parte nada que persevere en el ser, nada que esté exento de destrucción, ningún valladar en la corriente. Con más energía que Anaximandro, exclama Heráclito: “No veo más que devenir. ¡No os dejéis engañar! Vuestra miopía, y no la esencia de las cosas, es lo que os hace ver tierra firme en ese mar del devenir y del fenecer. Ponéis nombres a las cosas como si éstas subsistieran, pero no os podéis bañar dos veces en el mismo río.”

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Heráclito poseía como un patrimonio real la fuerza suprema de su representación intuitiva-, mientras que ante las demás formas de representación, como los conceptos y combinaciones lógicas, permanecía frío, insensible y casi hostil cuando estaban en contradicción con una verdad adquirida intuitivamente; y esto lo expresa en frases como aquella de “Todo contiene, al mismo tiempo, en sí su contrario”, con tal franqueza, que Aristóteles lo emplaza ante el tribunal de la razón como culpable del delito más atroz, del delito contra el principio de contradicción. Pero la representación intuitiva comprende dos cosas: por una parte, el mundo presente multiforme y cambiante que se nos da en toda experiencia, luego, las condiciones únicas que hacen posible cualquier experiencia de dicho mundo: el tiempo y el espacio. Pues éstas, aun cuando no tengan contenido alguno, pueden ser percibidas puramente en sí mismas, independientemente de toda experiencia, y, por lo tanto, pueden ser contempladas. Así, cuando Heráclito considera de este modo el tiempo, independientemente de toda experiencia, encuentra en él un monograma, el más instructivo de todos los monogramas imaginables, de todo aquello que cae bajo el dominio de la representación intuitiva. Y su mismo concepto del tiempo es, el que Schopenhauer formula cuando dice reiteradamente que cada instante temporal existe en la medida en que destruye el instante que habrá de sucederle; dice así mismo que pasado y futuro son tan vanos como puede serlo cualquier sueño, y que el presente sólo es una línea divisoria inexistente que los separa. Declara al fin que, como con el tiempo, sucede lo mismo con el espacio, y así como con ambos, con todo lo que contienen, con todo aquello que  es simultáneamente en el tiempo y en el espacio, que simplemente tiene un ser relativo, y sólo existe por la mediación de otro ser homogéneo, y que, a su vez, dará paso a un tercer ser dotado de idéntica consistencia. Esta es una verdad de máxima evidencia inmediata, comprensible para cualquiera intuitivamente, pero, precisamente debido a ello, muy difícil de concebir racional v conceptualmente. El que la tiene a la vista debe llegar a las consecuencias a que llegaba Heráclito y decir que la esencia entera de la realidad es la acción, y que para ella no puede haber otra clase de ser; como ha expuesto igualmente Schopenhauer (“El Mundo como Voluntad y como Representación”, t. I, lib. I, párr. 4): “Sólo en cuanto  acción llena el espacio, llena tiempo; su actuar sobre el objeto inmediato condiciona la intuición, que es donde únicamente existe; la consecuencia de la acción de un objeto material sobre otro objeto también material sólo será reconocida en cuanto que el último obra sobre el objeto inmediato de distinta manera que obraba antes. Causa y efecto son, por lo tanto, la esencia de la materia: su ser es su actuar. Por esto es tan precisa la palabra que llama realidad (Wirklichkeit) a todo lo material, palabra mucho más expresiva que “realidad”. Aquello por lo que actúa es siempre materia; todo su ser y toda su esencia consiste solo en el cambio regular por el cual “una” parte de la materia sustituye a la otra, y es, por ende, relativo, según una relación válida solamente dentro de sus límites, es decir, como el tiempo, como el espacio.”

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El devenir único y eterno, la radical inconsistencia de todo lo real, como enseñaba Heráclito, es una idea terrible y, perturbadora, emparentada inmediatamente en sus efectos con la sensación que experimentaría un hombre durante un temblor de tierra: la desconfianza en la firmeza del suelo. Es necesaria una fuerza prodigiosa para convertir esta sensación en su opuesta, en el entusiasmo sublime y beatificador. Y, sin embargo, esto lo consiguió Heráclito por una observación hecha sobre la procedencia efectiva de todo devenir y de todo perecer, que comprendió bajo la forma de polaridad, o sea, como desdoblamiento de una fuerza en dos actividades cualitativamente diferentes, opuestas y tendientes a su conciliación o reunión. Permanentemente una cualidad se divorcia de sí misma y se constituye en cualidad opuesta; permanentemente estas dos cualidades contrarias se esfuerzan por unirse otra vez. El vulgo cree, en efecto, conocer algo sólido, acabado, permanente; pero, en realidad, lo que hay en cada momento es luz y tinieblas, amargura y dulzura juntamente, como dos combatientes cada uno de los cuales obtuviese a su vez la supremacía. La miel es, según Heráclito, dulce y amarga a la vez, y el mundo mismo es un cráter que debe ser removido constantemente. De esta lucha de cualidades contrarias nace todo devenir: las cualidades determinadas, que a nosotros nos parecen permanentes, expresan sólo el instante de equilibrio de un combate: pero este equilibrio no pone fin a la lid, que dura eternamente. Todo acaece con arreglo a esta lucha, y precisamente esta lucha es la manifestación de la eterna justicia. Esta representación, emanada de la más pura fuente del helenismo y que considera la lucha como el constante imperio de una justicia unitaria, rigurosamente enlazada con leyes eternas, es maravillosa. Solamente un griego podía hallar esta idea y emplearla para cimentar con ella una cosmodicea. Es la buena Eris de Hesíodo, elevada a principio del mundo: es la idea que preside el combate de los griegos entre sí, de los Estados griegos, en el gimnasio, en la palestra, en los agonales artísticos, en las relaciones de los partidos y de las ciudades unas con otras, así sucesivamente hasta constituir la máquina del Cosmos. Así como lucha el griego, como si sólo él tuviera razón y se viese asistido de un criterio y como si un juez infaliblemente determinase en cada momento de qué parte se ha de inclinar la victoria, así luchan las ciudades unas con otras, según leyes indestructibles e inmanentes a esta lucha. Las cosas mismas en cuya permanencia y consistencia cree la estrecha cabeza del hombre y del animal, no tienen verdadera existencia: son los chispazos y relampagueos que lanzan las espadas que se cruzan, son el brillo de la victoria en la guerra de las cualidades contrarias.

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Este combate característico de todo devenir, este cambio incesante de la victoria está descrito por Schopenhauer (“El Mundo como Voluntad y, como Representación”, t. 1, lib. 2, párrafo 27): “La materia, que es lo permanente, tiene que estar cambiando continuamente de forma en cuanto, siguiendo el hilo de la causalidad, los fenómenos mecánicos, físicos, químicos, orgánicos, luchan ávidamente por manifestarse, se disputan unos a otros la materia en la cual quiere manifestarse cada Idea. En todo el dominio de la Naturaleza percibimos esta lucha, y puede decirse que la Naturaleza no consiste en otra cosa.” Las páginas que siguen brindan la más notable ilustración de esta lucha, sólo que el tono fundamental de estas descripciones es otro siempre en Heráclito, en cuanto la lucha, para Schopenhauer, es una muestra del desdoblamiento de la voluntad de un consumirse a sí mismo de este oscuro y ciego instinto y, por tanto, un fenómeno espantoso, y en modo alguno venturoso. El campo de batalla y el objetivo de esta lucha es la materia, la cual se disputan las fuerzas naturales, como también el espacio y el tiempo, que, un unificados por la causalidad, constituyen la materia.

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Desde la Torre – Heráclito

(excelente)

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VI

Mientras la imaginación de Heráclito contemplaba el Universo en perpetuo movimiento y la “realidad” con los ojos de un espectador complacido, viendo cómo luchaban alegremente los contrarios bajo el padrinazgo de un severo juez de campo, vislumbró un nuevo presentimiento de mayor categoría: ya no podía considerar a los combatientes separadamente del juez: los jueces mismos parecían mismos parecían combatir, los luchadores mismos parecían juzgar, y ante este espectáculo de una justicia eternamente imperante, se atrevió a exclamar: “¡La lucha de los muchos es la pura justicia!” Y, en general, lo uno es lo múltiple. Pues ¿qué son todas las cualidades por esencia? ¿Son dioses inmortales? ¿Son seres separados con acción propia desde el principio y sin fin? Y si el mundo que vemos únicamente conoce el devenir y el fenecer, sin permanencia alguna, ¿constituirán acaso aquellas cualidades un mundo metafísico de otra naturaleza y no existirá un mundo de unidad bajo el flotante velo de la pluralidad, como imaginaba Anaximandro, sino un mundo de eternas pluralidades esenciales? ¡Acaso llegó Heráclito, dando un rodeo, a concebir nuevamente, después de haberío negado vivo, un doble ordenamiento universal, con un Olimpo de numerosos dioses y espíritus inmortales -esto es, “muchas” realidades- y con un mundo humano que sólo ve las nubes de polvo de las luchas olímpicas y el brillo de las divinas espadas, es decir, sólo un devenir? Anaximandro se había refugiado, huyendo de las cualidades determinadas, en el seno de lo “indeterminado” metafísico; como éstas cambiaban y perecían, les había negado el verdadero ser- ¿no parecía, de acuerdo a esto, que el devenir no era más que la manifestación de las eternas cualidades? ¿no debíamos desconfiar de la debilidad del intelecto humano que habla de devenir cuando, en el fondo, no hay tal devenir, sino solamente la coexistencia de múltiples realidades inmutables e indestructibles?

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Estos son subterfugios y errores antiheracliteos. Aún exclama de nuevo: Lo uno es lo múltiple”. Las cualidades múltiples que percibimos no son ni eternas esencias ni fantasmas de nuestros sentidos (como concibió Anaxágoras a las primeras y Parménides a los segundos), no son ni seres duraderos y consistentes ni sombras engañosas del cerebro. La tercera posibilidad única que quedaba para Heráclito nadie la hubiera alcanzado por procedimientos dialécticos y lógicos, pues lo que él halló aquí fue algo extraño, aún en el reino de las incredulidades místicas y de las metáforas cósmicas inesperadas: El mundo es el “recreo” de Zeus, o expresado físicamente, del fuego, que juega consigo mismo, y en este sentido, lo uno es a la vez lo múltiple.

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Ante todo, para explicar la introducción del fuego como fuerza plasmadora universal, recordaré aquí cómo había prolongado Anaximandro la teoría del agua como origen de todas las cosas. De acuerdo en lo esencial con Tales, y confirmando y acrecentando sus observaciones, Anaximandro no estaba convencido de que detrás del agua no hubiese cualidades nuevas, de que el agua fuese algo irreductible; sino que la humedad misma le parecía que estaba formada de frío y calor, y que, por ello, serían las cualidades originarias del agua. Por su separación del seno primordial de “lo indeterminado”, empezaba el devenir. Heráclito, que como físico es inferior a Anaximandro, interpretaba este calor de Anaximandro como el aliento, la respiración cálida, la respiración ardiente, el vapor seco, en una palabra, como el fuego; de este fuego decía lo mismo que Tales y Anaximandro habían dicho del agua: que recorría en infinitas transformaciones la vía del devenir, sobre todo en sus tres estados principales de calor, humedad y solidez. Pues el agua se transforma en parte descendiendo a la tierra, en parte ascendiendo sobre el fuego, o como expresaba con más exactitud Heráclito, parecía subir de los mares como puro vapor que alimenta el fuego celeste de las estrellas de la tierra en forma de nubes y neblinas, de donde saca lo húmedo su sustento. Los vapores puros son la transformación de los mares en fuego; los impuros, la transformación de la tierra en agua. De este modo las dos vías de transformación del fuego, hacia arriba y hacia abajo, de ida y vuelta, corrían paralelamente, del fuego al agua, del agua a la tierra, de la tierra otra vez al agua y del agua al fuego. Mientras que Heráclito, en las dos ideas más importantes de esta concepción: que el fuego está alimentado de la evaporación y que del agua se separa en parte la tierra y en parte el fuego, se muestra discípulo de Anaximandro, es, por otra parte, independiente, y aún está en oposición con Anaximandro, en que separa lo frío del proceso físico, mientras que Anaximandro lo considera tan justificado como el calor, para hacer nacer de los dos lo húmedo. Hacer esto era realmente una necesidad para Heráclito, pues si todo era fuego, por mucho que se transformara, no podía llegar nunca a producir su opuesto; consiguientemente, lo que se llama frío sólo podía significar un grado de calor, interpretación que podía justificar con facilidad. Pero mucho más importante que esta discrepancia de la doctrina del maestro era una posterior concomitancia: creía, como aquél, en una destrucción del universo, repetida periódicamente, y en una nueva producción de otro mundo, acarreada por el incendio universal, destructor de todo lo existente. Los períodos en los cuales el mundo corría a aquel incendio ya su resolución en puro fuego fueron caracterizados por él de manera sumamente chocante como un apetecer y un necesitar, y la absorción completa en el fuego, como un saciarse; y no se nos ocurre inquirir como comprendía y definía el nuevo impulso que había de formar nuevamente el mundo, vaciándole en las formas de la multiplicidad. El proverbio griego es decisivo en este caso: “La saciedad engendra el delito” (“hybris”); y de hecho podemos preguntamos por un momento si Heráclito dedujo aquella vuelta a la pluralidad de la “hybris”. Examinemos seriamente esta Idea; a su luz, el rostro de Heráclito se transforma ante nuestras miradas, el orgulloso brillo de sus ojos se apaga, un gesto de dolorosa decepción, de desmayo, se dibuja en su rostro, parece que adivinamos por qué la antigüedad lo denominaba “el filósofo llorón”. ¿No será todo el proceso del mundo un acto de castigo de la “hybris”? La pluralidad ¿no será el efecto del pecado?, La transformación de lo puro en impuro ¿no será consecuencia de la injusticia? ¿No estará puesta de esta manera la culpa en el fondo de las cosas, descargándose así de la culpa el mundo del devenir y de los individuos, pero quedando condenado, al mismo tiempo, a soportar siempre de nuevo sus consecuencias?

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WIKIPEDIA

‘Heráclito llorando’  Hendrick ter Brugghen (1628)

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VII  

Esta peligrosa palabra, “hybris”, es, en efecto, la piedra de toque para todo discípulo de Heráclito; puede demostrar aquí si ha comprendido o no a su maestro. ¿Hay culpa, injusticia, contradicción, dolor, en este mundo?

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Sí, exclama Heráclito, pero sólo para el hombre de inteligencia limitada que ve las cosas en su sucesión y no en su conjunto, no para el Dios contutivo; para éste, todos los contrarios se armonizan, de un modo invisible, es cierto, para la mirada vulgar del hombre, pero comprensible para el que, como Heráclito, es semejante al dios contemplativo. Ante su mirada de fuego no queda una gota de injusticia en el mundo por él creado; y aun aquella contradicción, cardinal, de cómo puede fundir el fuego puro en formas tan impuras, es resuelta por él en una doble comparación. Un devenir y un perecer, un construir destruir, sin justificación moral alguna, eternamente inocente, sólo se dan en este mundo en el juego del artista y del niño. Y así como el niño y el artista juegan, juega el fuego, eternamente vivo, construye y destruye inocentemente; y este juego lo juega el “aiôn” consigo mismo. Transformándose en agua y en tierra, construye, como el niño, castillos de arena a la orilla del mar, edifica y derriba; de tiempo en tiempo vuelve a iniciar el juego. Hay un momento de saturación; luego lo llama nuevamente la necesidad, como al artista lo obliga la necesidad a la creación. No un instinto de delincuencia, sino el perpetuo y renaciente instinto del juego, es lo que llama nuevos mundos a la vida. Llega un momento en que el niño tira el juguete; pero de nuevo lo recoge, y prosigue sus juegos con inocente inconstancia. Pero siempre que construye, lo hace según ciertas reglas con un orden interior.

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Ahora bien, de este modo contempla el esteta el mundo: el esteta, es decir, el hombre que en el artista y en el nacimiento de la obra de arte ha visto cómo el combate de la pluralidad puede implicar leyes y derechos, cómo el artista se muestra contemplativo sobre y en la obra de arte, cómo la necesidad y el juego, la contradicción y la armonía pueden aunarse para la producción de la obra de arte.

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¿Quién pedirá una ética ahora a tal filosofía, con su correspondiente imperativo “tú debes”? ¿Quién podrá reprochar esta falta a Heráclito? El hombre, hasta sus más recónditas fibras, es necesidad, y carece por completo de libertad, si por libertad se entiende la necia pretensión de poder variar de arbitrio como se cambia de traje, pretensión que todo verdadero filósofo ha rechazado hasta hoy con escándalo. Que sean tan escasos los hombres que viven con conciencia en el “Logos” y en conformidad con el ojo del artista que todo lo ve de una mirada, proviene de que sus almas están desnudas de que las orejas y los ojos del hombre, y en general su intelecto, son malos testigos cuando “el cieno húmedo es recogido en sus almas”. No se pregunta por qué ocurre, como tampoco por qué el fuego se convierte en agua y en tierra. Heráclito no tenía razón alguna para “deber” demostrar (como lo habría hecho Leibniz) que este mundo es el mejor de los mundos; le bastaba saber que es el juego inocente y bello del “aiôn”. El hombre no es para él, generalmente, más que un ser irracional, con lo que no niega que en toda su esencia se cumpla la ley de la razón que todo lo gobierna. Para él, el hombre no ocupa un lugar privilegiado en la Naturaleza, cuyo fenómeno más importante es el fuego, lo es, por ejemplo, una estrella, pero no el simple hombre. Si éste, por la necesidad, ha tenido una participación en el fuego, entonces es algo racional; pero en cuanto consiste en agua tierra, su racionalidad es escasa. No tiene obligación de reconocer el “Logos”, por ser hombre. Pero ¿por qué hay agua, por qué hay tierra? Este es, para Heráclito, un problema mucho más importante que preguntar por qué son los hombres tan estúpidos y tan perversos. Tanto en los hombres mejores como en los peores, se manifiesta la misma inmanente legalidad y justicia. Pero si se le formulase a Heráclito la pregunta de por qué el fuego no es siempre fuego, sino que ahora es agua y después tierra, tendría que contestar: “Se trata de un juego; no lo toméis por lo patético, sobre todo, no lo toméis desde el punto de vista moral.” Heráclito sólo describe el mundo existente y contempla este mundo con la fruición del artista que ve cómo se va formando su obra. Heráclito únicamente es sombrío, melancólico, lacrimoso, bilioso, pesimista y, en general, odioso, para aquellos que tienen motivos para no estar contentos con su descripción del hombre. Pero a estas personas Heráclito las miraría con indiferencia, junto a sus simpatías y antipatías, su amor y su odio, y les pagaría con la enseñanza de que “los perros ladran al que no conocen” o “al asno le gusta la paja más que el oro”.

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De estos descontentos derivan también las numerosas quejas contra la oscuridad del estilo de Heráclito pero, positivamente, nadie ha escrito con más claridad y mayor luminosidad que él. En efecto, es muy conciso, y por esto es oscuro para el que lee de prisa. Pero es absurdo que un filósofo escriba a propósito con oscuridad, como se le suele atribuir a Heráclito, a no ser en el caso en que tenga razones para ocultar su pensamiento, o sea lo bastante pícaro para disimular su indigencia mental con palabras. Como dice Schopenhauer, en ocasiones se debe procurar en la vida práctica cautelar, por medio de la claridad, posibles errores. ¿Cómo podría buscarse adrede la oscuridad, la expresión enigmática e indeterminada, cuando se trata del más difícil, abstruso e inaccesible objeto del pensamiento: la filosofía? En lo referente a la concisión, Jean Paul (Johann Paul Friedrich Richter) nos proporciona una buena doctrina: “En general, es conveniente que los grandes pensamientos, de gran contenido para un cerebro perspicaz, se expresen con brevedad por lo tanto, con oscuridad, para que un espíritu romo antes los considere como absurdos que los traduzca en su mentalidad rastrera. Pues los entendimientos vulgares tienen la habilidad odiosa de no ver en los pensamientos profundos ricos otra cosa que lo que piensa a diario.” Por lo demás, a pesar de esto, Heráclito no ha pasado inadvertido a los “espíritus romos”; ya los estoicos lo interpretaron torpemente, rebajando su concepción estética del mundo a un vulgar finalismo, provechoso para el hombre, fundando en su física un grosero optimismo, con la constante invitación al “plaudite, amici”.

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VIII  

Era orgulloso Heráclito; y cuando el orgullo anida en un filósofo, toma proporciones gigantescas. Sus obras no se dirigen nunca al “público”, no busca el aplauso de las masas ni las aclamaciones del coro de sus contemporáneos. Lo característico del filósofo es recorrer las calles en silencio. Sus dotes son las más raras, en cierto sentido las menos naturales, por consiguiente enemigas de todo lo mediano. Los muros de suficiencia debían de ser diamantinos, cuando no se quebraron, pues todo se conjuraba contra él. Su viaje a la ¡inmortalidad fue más difícil y encontró más obstáculos que ningún otro; y, sin embargo, nadie mejor que el filósofo puede estar seguro de alcanzarla, porque no sabe dónde debe estar, a no ser en la plenitud de los tiempos, pues el desprecio de lo actual y de lo pasajero es propio del auténtico filósofo. Posee la verdad, y por muchas vueltas que dé la rueda del tiempo, nunca podrá sustraerse a la verdad. Importa saber de tales hombres que han vivido. Nunca podría imaginarse, por ejemplo, el orgullo de Heráclito como una virtualidad ociosa. Todo esfuerzo hacia el conocimiento parece, por su esencia, condenado a quedar insatisfecho eternamente. Por eso nadie que no esté instruido por la historia podría creer en esa augusta autoestimación y convicción de ser el único venturoso liberador de la verdad. Tales hombres viven su propio sistema solar, y allí hay que ir a buscarlos. También un Empédocles un Pitágoras se prodigaban una consideración más que humana, casi se inspiraban a sí mismos un respeto religioso; pero el lazo de la compasión, unido a la íntima fe en la trasmigración en la unidad de todos los seres vivos, les llevaba otra vez a los demás hombres, a procurar su salud y su redención. Mas el sentimiento de soledad que poseía el solitario de Efeso únicamente podía desarrollarse en los salvajes desiertos. En él no vemos el menor deseo de ayuda, de salvar a nadie. Es una estrella sin atmósfera. Sus ojos ardientes, dirigidos a sí mismo miran vagos y, fríos, con una mera apariencia de mirada. Al pie de la fortaleza de su orgullo batían las olas de la locura y de la perversión; él desviaba la mirada con asco. Pero también los hombres de pecho sensible ceden ante una máscara que parece fundida en bronce; comprendemos a un ser de esta naturaleza en un santuario apartado, rodeado de imágenes de dioses, bajo una arquitectura fría, solemne y sublime. Heráclito fue increíble entre los hombres como Hombre; y cuando contemplaba el juego de los hombres-niños, pensó lo que nadie habría pensado en tal ocasión: el juego, con sus mundos, del gran niño Zeus. No necesitaba a los hombres, ni siquiera para que le reconocieran; nada le importaba lo que pudieran pensar o inquirir de él, ni siquiera los sabios. Hablaba con desprecio de tales preguntones, de tales coleccionadores, en una palabra, de tales hombres “históricos”. “Yo me busco y me pregunto a mí mismo”, decía, empleando una palabra con la cual se suele expresar la pregunta que se dirige a un oráculo: como si él, y nadie más que él, fuese el auténtico cumplidor y consumador de la máxima délfica: “Conócete a ti mismo”.

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Y lo que él escuchaba de este oráculo lo consideraba como sabiduría inmortal y digna de interpretación eterna, de incalculable efecto para el porvenir, a semejanza de los discursos proféticos de las sibilas. Es bastante para la humanidad futura, que ella se haga interpretar, como sentencia de oráculo, lo que él, como el dios de Delfos, “ni dijo ni calló”. Sus sentencias, pronunciadas “sin sonrisa, sin aliño, sin sahumerio” antes bien, con “boca espumeante”, penetraron a través de los siglos. Pues el mundo necesita eternamente de la verdad, por lo que necesitará eternamente a Heráclito; pero él no necesita al mundo. ¿Qué le importa a “él” su fama, la fama entre los “mortales en un devenir perpetuo”, como él decía con expresión irónica? Su fama era cuenta de los hombres, no de él; lo que le importaba a él era la inmortalidad de la raza humana, no la inmortalidad del hombre Heráclito. Lo que él meditaba, la doctrina de la “ley en el devenir y del juego en la necesidad”, debía ser meditada eternamente; él había levantado el telón de este gran espectáculo.

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‘La filosofía en la época de la tragedia griega’

Friedrich Nietzsche

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Vivió en una ciudad jonia, Éfeso, a finales del sigo VI y a principios del V. No se le conoce maestro aunque sí tuvo numerosos seguidores que llegan hasta Hegel. Es de familia noble pero parece ser que renunció a ocupar cargos públicos. No está muy clara su ideología política aunque algunos le tachen de antidemócrata.  Escribió un libro que según Diógenes Laercio trataba de la <<physis>> pero también de teología y política aunque lo llamativo no era tanto su temática como su estilo pues estaba escrito de modo aforístico. Sus aforismos buscan casi siempre el doble sentido, la alegoría, la ambigüedad y a veces la paradoja. Son de difícil comprensión, por eso le llaman <<el oscuro>>. <<Mucha erudición -dice- no enseña comprensión…>> (DK 22 B 40). Por eso prefiere expresarse como la pitonisa que <<no dice ni oculta, sino indica por medio de signos>> (DK 22 B 93). Ni siquiera fue bien entendido  por los grandes filósofos como Platón y Aristóteles. Aristóteles cree que es un milesio más que se ocupa de buscar el <<arkhé>> de la <<physis>> y que lo encuentra en el fuego. Hay que tener cuidado por tanto con los textos peripatéticos.

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(a) La doctrina del <<lógos>>: Heráclito comienza su libro hablando del <<lógos>>. ¿Qué entendía por <<lógos>>? Se suele traducir por <<razón>>, sin embargo, no se refiere a la facultad de razonar que tiene el hombre, sino a todo lo que se dice de palabra o por escrito: una conversación, una narración. También a la proporción, norma o ley universal que se da en las cosas, en los acontecimientos. El <<lógos>> además va unido al pensamiento que acompañaba a la palabra. Palabra y pensamiento no se separan hasta Anaxágoras con la idea de <<noûs>>. El <<lógos>> es, pues, en primer lugar, una forma de expresión opuesta a otras como el mito, que también tiene su <<lógos>> (mito-logía), la épica o la poesía lírica.  Y se diferencia de ellas en que estas últimas son relativamente construidas y se transmiten mediante unas tradiciones y esquemas rígidos que no cambian, mientras que el <<lógos>> es la forma <<común>> de expresarse. Y, en segundo lugar, es también una entidad real  objetiva que regula todos los acontecimientos, todo sucede según el <<lógos>>, una especie de ley universal inserta en todo. Sin embargo, es difícil de observar. Por eso dice:

<<Aunque este lógos existe (o es verdadero) siempre, los hombres se muestran como incapaces de comprenderlo, tanto cuando lo hacen escuchando, como antes de haberlo escuchado. Porque, aunque todas las cosas acontecen de acuerdo con este lógos, los hombres parece como si fueran  ignorantes cuando experimentan palabras y cosas… no se dan cuenta de lo que hacen mientras están despiertos, del mismo modo que les pasan inadvertidas cuantas cosas hacen mientras están dormidos>> (DK 22 B 1).

Existe un paralelismo entre <<lógos>> y cosmos; el <<lógos>> es universal y común tanto al cósmos como a la ciudad, que también es un cosmos, como a nosotros. Y cuando el <<lógos>> particular de cada uno no coincide con el universal, entonces los hombres actúan como si estuviesen dormidos, por eso <<es necesario seguir lo que es común, pero aunque el <<lógos>> es común, la mayoría de los hombres viven como si tuviesen una inteligencia propia particular (idían)>> es decir se muestran como <<idiotas>>, no captan lo común. El <<lógos>> se puede alcanzar con el conocimiento que  comienza con los sentidos: <<De cuantas cosas hay vista, audición y aprendizaje, a ellas prefiero>> (DK 22 B 55). Heráclito no hará lo que Parménides o los pitagóricos, no desprecia los sentidos, desprecia el conocimiento basado exclusivamente en la especulación lógica o matemática. Sin embargo, aunque el <<lógos>> se puede conocer es difícil alcanzarlo porque <<la verdadera naturaleza gusta de ocultarse>> (DK 22 B 123), es como <<una armonía invisible>> (DK 22 B 54) que está por detrás de la nueva estructura o armonía que nos muestran los sentidos.

Heráclito es un crítico del lenguaje. De hecho, Platón utiliza a uno de los heracliteos, Cratilo, para una obra en la que se pregunta si el lenguaje nos vale para alcanzar la verdadera realidad o bien no convendría más ir directamente a las cosas mismas. Cratilo es presentado como defensor de la teoría naturalista del lenguaje.

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(b) La teoría de los contrarios: Heráclito considera que la lucha entre opuestos es el origen de todo: <<la guerra es parte de todos>> (DK 22 B 53). Ahora bien, no nos dejamos engañar por las apariencias pues <<… lo opuesto concuerda y de las cosas discordantes surge la más bella armonía y ‘todo sucede según discordia’>> (DK 22 B 8). Así pues sólo cuando se da confrontación  entre opuestos surge una unidad y una armonía superior sin necesidad de que los opuestos desaparezcan. Por eso <<‘es sabio convenir que todas las cosas son una’, dice Heráclito;  y de que todos ignoran esto y no convienen en ello, se lamenta de este modo: ‘no entienden cómo, al diverger, se converge consigo mismo; armonía propia del tender en direcciones opuesta, como la del arco y la lira’>> (DK 22  B 50-51).

Fijémonos en primer lugar, que no dice como sus predecesores milesios, que todas las cosas proceden de una, el <<arkhé>>, sino que <<todas las cosas son una>>. Ahora bien, ¿de qué unidad está hablando?. El mismo pone un ejemplo para explicarlo. El arco y la cuerda, a pesar de su aparente quietud, mantienen una tensión en direcciones opuestas que nunca desaparece. Los contrarios están siempre oponiéndose, la unidad se da a otro nivel. En nuestro ejemplo, sus fuerzas opuestas convergen en la flecha, que, a su vez, se opondrá a otros contrarios. De igual modo la lira, que también es un arco con cuerdas en tensión, también produce un nuevo resultado, en este caso la armonía musical. Si deja de haber tensión entre el arco y las cuerdas dejan de producirse los sonidos. Así pues, la armonía será precaria, pero si dejasen de existir los contrarios desaparecerá el cosmos como tal. No se podría entender lo malo, la guerra, la enfermedad, etc, sin sus contrarios.

El todo es uno, sí, pero su unidad es dialéctica, ese es su <<lógos>>, una unidad en continua tensión. <<Cuando se escucha, no a mí, sino al Lógos, es sabio convenir en que todas las cosas son una>>. (DK 22 B 50). El río, por ejemplo, que siempre es el mismo, siempre tiene el mismo nombre, digamos, formalmente es el mismo, sin embargo, por él están fluyendo aguas diferentes constantemente: <<Sobre quienes se baña en los mismos ríos afluyen aguas distintas y otras distintas.>> (DK 22 B 12). De aquí seguramente sacó Platón la doctrina por él atribuida a Heráclito del <<fluir universal>>, en griego: <<pánta rheî>>. Pero esta expresión no le pertenece.

Aristóteles dará también importancia a esta doctrina del fluir universal porque dirá que Platón llegó a la teoría de las ideas a partir de la crítica del <<pánta rheî>>. Sin embargo, no podemos estar tan seguros que esta doctrina sea la doctrina central de Heráclito. Y es cierto que Heráclito reconocería el cambio incesante producido por la lucha de contrarios, de eso se dio cuenta Platón. Con todo, Heráclito resalta que hay algo que permanece siempre, luego el fluir no es universal.  El <<lógos>> es permanente <<Este lógos existe siempre…>> (DK 22 B 1) y  todo lo demás <<sucede según este lógos>>. Y debido a este <<lógos>> el orden del cosmos resultante de la lucha de contrarios también es permanente y eterno: <<Este mundo, el mismo para todos,  ninguno de los hombres o de los dioses se ha hecho, sino que existió siempre, existe y existirá en tanto fuego siempre vivo, encendiándose con medida y con medida apagándose>> (DK 22 B 30)

‘La historia de la filosofía’

http://www.eikasia.es/filosofia.htm

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Oriundo de Efeso, la más floreciente ciudad jonia tras ser destruida Mileto por los persas, Heráclito (544-484 circa) nació en el seno de una familia de linaje real, donde era hereditario el cargo de sacerdote oficiante de Démeter eleusina, y vinculado por eso mismo a esos Misterios. Su carácter severo, independiente, mordaz y taciturno, opuesto por igual a la tiranía y a los demagogos de la recién estrenada democracia, hizo que se retirase pronto del mundo para dedicarse en soledad al cultivo del pensamiento.

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Compuso un libro de aforismos, que depositó en el grandioso templo de Artemisa Efesia. El tono oracular, lacónico e inclinado a la metáfora de estas reflexiones suscitará en Sócrates un famoso comentario:

«Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que ser un buzo de Delos».

Condenados nosotros a tener de ese libro sólo unos pocos fragmentos sueltos, reconocemos en ellos un texto unitario e insólitamente inspirado. Conciso y radical, a la vez que flexible y abarcador en sus conceptos, agraciado por la originalidad del clásico y maestro en el manejo de la paradoja, lo que afirma es siempre sagaz y a menudo irónico. De Pitágoras, por ejemplo, comenta que enseña muchas cosas, pero “no a ser inteligente.” De las cosas en general, valiosas y menos valiosas, dice que están iluminadas por una llama divina omnipresente.

El principio que trae a colación es lo racional, un logos al que llegamos con «vigilia» o atención porque es también lo «envolvente» y «ubicuo». Aunque el sistema de Heráclito se considera más próximo al de los físicos milesios que al pitagorismo, toma de este último el concepto de armonía y lo profundiza, extendiéndolo al análisis del movimiento en general.

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Sus discípulos e intérpretes destacaron de él casi exclusivamente la idea de que todo fluye, desembocando en tesis escépticas y agnósticas, según las cuales no se puede (o no podemos nosotros) saber cosa alguna con mínima certeza. Sin embargo, su filosofía de la naturaleza insiste —con rasgos muy personales, desde luego— en las ideas de unidad y totalidad, y expresamente en el concepto de razón como lo «común», «eterno» y «rector». De Anaximandro pudo tomar su noción de la justicia natural, aunque dándole un contenido acabado y denso, y de Jenófanes el panteísmo que le hace percibir en todas partes —hasta en su fogón, dice uno de los fragmentos— lo divino. Se distingue de ambos, y de los pitagóricos también, en que para él lo Uno ha de concebirse también como Todo, siendo así resultado; ese tránsito de la unidad simple y positiva a la unidad desarrollada (y conflictiva) que es la totalidad real constituye el motor cósmico. Podemos considerar a Heráclito como el más grande de los antiguos físicos, y suya es la mejor definición de lo que entendió por «mundo» el espíritu griego:

«Este cosmos, que es el mismo para todos, no ha sido hecho por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es y será un fuego eterno y vivo que se enciende y se apaga obedeciendo a medida» (Frag. 30).

El rasgo de no ser hecho —en la doble acepción de no ser «creado» y no ser tampoco dato muerto, facticidad— distingue la visión griega y la nuestra. Nuestro mundo es cada vez más un «hecho» y, en cuanto tal, está hecho o fabricado por alguien, que puede ser o bien un demiurgo antropomórfico como el judío o bien la imaginación humana en general. El cosmos griego es ante todo un «orden» físico a la vez que un «ornamento», penetrado en todas partes por un logos «sabio», cuya conducta recuerda a «un niño que juega y tira los dados» (Frag. 52).

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Heráclito supone que el universo está llamado a oscilar entre un estado de expansión y una reversión de todas las cosas al fuego primordial, reelaborando así concepciones inmemoriales que la cosmología contemporánea ha resucitado con la teoría de la explosión originaria (hipótesis del «huevo cósmico» o big-bang) y el universo pulsante. Contemplándolo a vista de pájaro, se diría que la “razón” alegada por Heráclito es un retorno indirecto –mediado por la ciencia ya alcanzada con él y sus predecesores- a ese espíritu que anima todas las cosas del mundo para la mentalidad prefilosófica, y del cual se retira el análisis por supersticioso y sólo psicológico, emocional. Purificado de magia y temblor subjetivo, el logos equivale a inteligencia natural o inmanente, que está en nosotros porque nosotros pertenecemos a la physis. Reconciliador, pues, de la exigencia analítica con lo más primigenio e irracional del ánimo, este concepto puede rivalizar con el cálculo pitagórico a la hora de considerarse el más influyente en la historia del pensamiento. Sus primeras fisuras no se observan hasta bien entrado el siglo XIX en Europa, y vienen acompañadas por una crisis general de fundamentos para todo tipo de ciencia.

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La physis «ama ocultarse», dice otro fragmento, pero en sí es una amalgama de azar, juego y medida, donde cada cosa determinada ha de ser consecuente («lógica») para con su determinación. Ese será el hilo que permita pensar afirmativamente la «discordia» sembrada por el movimiento en general.

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En contraste con los pitagóricos, Heráclito destaca como elemento fundamental el tiempo. No hay tanto una extensión espacial «determinable» (geométrica o aritméticamente), como una especie de destrucción que a la vez conserva, una «guerra» creadora de vida.

«Lo mismo es viviente y muerto, despierto y durmiendo, joven y viejo; pues esto al cambiar es aquello y aquello al cambiar es de nuevo esto» (Fr. 88).

La presencia afirmativa y estable no pasa de ser un sueño –y algunos, dice otro fragmento, no distinguen la vigilia del sueño-, que se paga al precio del sinsentido universal. Pensando la existencia como devenir, Heráclito no sólo describe su violencia sino lo que tiene de «cumplimiento» para las cosas. Lo racional se distingue tanto de lo simplemente positivo como de lo simplemente negativo, porque captado en sí es más bien negación de la negación, de acuerdo con una expresión acuñada milenios más tarde por Hegel. El devenir pone en la unidad inmediata de algo una diferencia, pero al hacerlo permite que «retorne sobre sí mismo» (fr. 51). Lo otro a que llega no es entonces un otro realmente, sino su otro, lo suyo mismo. Aparece así la physis como una dinámica de auto-nacimiento en la diversificación.

«Para las almas es muerte llegar a ser agua, para el agua es muerte llegar a ser tierra, y de la tierra nace el agua, del agua el alma» (Fr. 36).

Por eso es necesario invertir el criterio común sobre lo afirmativo y lo negativo:

«Lo contrapuesto concuerda, y de los discordantes se forma la más bella armonía, y todo se engendra por la discordia» (Fr. 8)

«De los contrarios, el que conduce al nacer se llama guerra (pólemos) y discordia; el que conduce a la aniquilación se llama concordia y paz» (Fr. 80).

‘GÉNESIS Y EVOLUCIÓN DEL ANÁLISIS CIENTÍFICO’

Filosofía y Metodología de las Ciencias Sociales

ANTONIO ESCOHOTADO

http://www.escohotado.com/genesisyevoluciondelanalisiscientifico/prefacio.htm

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~ por María Camín en mayo 16, 2011.

8 comentarios to “HERÁCLITO DE EFESO – (535 – 484 a. C) – El fuego de ”el Oscuro” –”

  1. EFESO

  2. LOS FRAGMENTOS DE HERÁCLITO

    http://es.scribd.com/doc/20597167/Los-fragmentos-Heraclito

    Aurobindo Shri – Heráclito Y Oriente

    http://es.scribd.com/doc/564028/Aurobindo-Shri-Heraclito-Y-Oriente

  3. Los Aforismos de Heráclito (Carlos de Andrés)

    http://es.scribd.com/doc/6109364/Los-Aforismos-de-Heraclito

  4. Llanos, Alfredo – La Filosofía de Heráclito

    http://es.scribd.com/doc/55439429/Llanos-Alfredo-La-Filosofia-de-Heraclito

  5. Según Karl Popper (The world of Parmenides), los presocráticos inventaron la tradición crítica. En vez de repetir el saber tradicional, lo cuestionan y, a su vez, se cuestionan entre sí. Con ellos aparece la novedad histórica de citar, gracias a la cual se conservan fragmentos de obras perdidas, o cuando menos noticias de que existieron. Heráclito: “La mucha ciencia no instruye la mente, pues hubiera instruido a Hesíodo y a Pitágoras, como a Jenófanes y a Hecateo” (según traduce José Gaos). Pero de Hesíodo, afortunadamente, se conservan textos amplios, a diferencia de los demás y del mismo Heráclito, de los cuales sólo quedan fragmentos e interpretaciones en los textos de otros. Las citas, las paráfrasis, los resúmenes, además de incompletos, pueden ser poco representativos, dar preferencia a los aspectos que interesan al autor que cita, no al autor citado. (Por ejemplo, según Curtius, los compiladores medievales de frases de Ovidio escogían aquellas que les parecían edificantes.) Y la memoria no sólo es selectiva, tiende a redondear. ¿Hasta qué punto ciertas frases maravillosas de Heráclito eran tan rotundas? (“Los que duermen son compañeros de trabajo”, “El sol es nuevo cada día”, “Yo me he consultado a mí mismo”, José Gaos, Antología filosófica (presocráticos), Universidad de Nuevo León, sf [c. 1955], pp. 16, 90, 32, 80).

    G. S. Kirk y J.E. Raven (The presocratic philosophers, p. 185) piensan que lo eran: que tenían el formato de “apotegmas orales más que de partes de un tratado discursivo”. Eric A. Havelock (The liberal temper in Greek politics, pp. 125-127) dice lo mismo de los fragmentos de Demócrito: “La frase redonda empezó su carrera en los tiempos de la comunicación oral, cuando la doctrina dependía de la memoria y se transmitía de boca en boca. Demócrito mismo era ya un escritor, pero en una época de más oyentes que lectores. No sorprende que comprimiera sus ideas en formulaciones sentenciosas. Las colecciones de sentencias, selladas con la marca de pensadores individuales, fueron características de la primera etapa de la prosa griega. Las antologías de sentencias, que se compilaron sistemáticamente en la era helenística y pesaron tanto en los escritos y el pensamiento de la Antigüedad tardía y la Edad Media, tenían como propósito la memorización oral, ya en una época de libros y lectura.”

    El fragmento como obra no es un rasgo de la modernidad, sino de la prehistoria. Los primeros ensayos mínimos no fueron los apuntes románticos, “fragmentarios de nacimiento”, ni las máximas de La Rochefoucauld, ni siquiera los aforismos de Heráclito y Demócrito: fueron los refranes, anteriores a la escritura. Cuando aparece la escritura, no desaparece la creación de microtextos memorables. Continúa doblemente: de manera tradicional y ahora también por escrito, gracias a un escritor muy crítico y original: Heráclito. Según Havelock (The literate revolution in Greece and its cultural consequences, pp. 240-247), los autores de poemas filosóficos (Parménides, Jenófanes, Empédocles) critican el saber de Homero y Hesíodo, pero todavía escriben en hexámetros, como ellos. En cambio, Heráclito escribe en prosa, se aleja del hexámetro y del recitado con acompañamiento musical, acude a la frase sentenciosa del refrán tradicional y la transforma, con evidente voluntad de estilo.

    http://www.letraslibres.com/index.php?art=9091

  6. Heráclito de Éfeso (s.VI – V a.C.) fue uno de esos autores gigantes sobre cuyos hombros subidos otros autores irían construyendo lo que posteriormente se autodenominaría filosofía. Le llamaron “El Oscuro”, pues su obra fue escrita en prosa gnómica, a base de sentencias que estimulan la reflexión y la interpretación para ver hacia dónde señalan.

    Voy a detenerme, aunque sea brevemente, en uno de sus aforismos. No para hacer una interpretación, sino una mera reflexión. Dice:

    “Ha de luchar el pueblo por su ley, igual que por su muralla (B.44)

    (…)

    “Preciso es que los que razonan con sensatez se afiancen sobre lo común a todos como una ciudad en su ley; incluso con más firmeza. Y es que se nutren todas las leyes humanas de una sola, la divina, pues su poder se extiende todo cuanto quiere, a todas les basta y les sobra. Por ello es necesario seguir lo común, aun siendo la razón común, viven los más como poseedores de una inteligencia propia” (B 114+2)

    http://metanoia.lacoctelera.net/post/2010/07/15/unos-aforismos-her-clito

  7. Y por también mis reflexiones sobre su filosofía en este trabajo:

    HERÁCLITO DE EFESO, ”EL OSCURO” – (535 – 584 a. C.) – «Este cosmos, que es el mismo para todos, no ha sido hecho por ninguno de los dioses ni de los hombres, sino que siempre fue, es y será un fuego eterno y vivo que se enciende y se apaga obedeciendo a medida»

  8. […] en el momento en que nos descubríamos, yo escuchaba a Heidegger,  era esa lectura  sobre Heráclito y el <<logos>>, y precisamente fue cuando se decía que <<la alethéia descansa en […]

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