XUAN BELLO (en las letras y en las artes)

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Un primer artículo que, este autor asturiano, publicó en el mes de marzo del año 2011 en EC,  y en las entradas siguientes fragmentos de su obra articulista, poética y literaria.

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Las mujeres que nacieron en la década de los veinte del pasado siglo vivieron en su adolescencia el sueño reparador de la República. Casi todo era posible: hasta José Ortega y Gasset se fijaba en ellas y les destinaba para su futuro un discreto sueño prometedor. Los ecos de Victoria Kent y la voz segura de Federica Monseny (¿por qué se relega al olvido la voz atronadoramente verdadera de Federica Monseny?) las acompañaron incluso después de que el ensueño se convirtió en pesadilla. Para aquellas mujeres despertar en pleno franquismo, en plena hipocresía burocratizada, perdida la guerra de la razón, debió ser tan áspero como el tacto de la bayeta al que las relegaban. Pienso en Carmen Martín Gaite, pienso en nuestra Dolores Medio. Pienso en mi abuela, en mi madre mucho más joven. Pienso en todas las mujeres que, a pesar de ser relegadas a la sección femenina de los falsos cánticos regionales, supieron levantar su voz inteligente sobre el ruido ambiental. Pienso en Carmen Laforet, en Ana María Matute.Yo no habría sabido comportarme de una manera tan alta como ellas.

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Josefina Aldecoa fue una gran escritora. Supo sobrevivir a su leyenda, aquella que la enlaza a su marido Ignacio (de quien tomó el apellido) y a otros como Rafael Sánchez Ferlosio. Eran la burguesía inquieta del Régimen, aquellos que junto al Jarama no comulgaban con ruedas de molino. Era Josefina de La Robla, casi asturiana, y en el frío León de los años 40 colaboró en la revista Espadaña, uno de esos milagros que sólo pueden suceder en León. Se fue a Madrid, estudió pedagogía. Algún día contaré una anécdota en la que colaboran ella, su marido, y Álvaro Cunqueiro, ya por entonces un señor mayor. Ellos eran adolescentes que soñaban cielos caligrafiados por las golondrinas y, en esa escritura, el sueño de una sociedad mejor. Cuando el mundo caía, ella lo sostuvo sobre sus débiles hombros, Escribió páginas esenciales como ‘Los niños de la guerra’ o ‘Porque éramos jóvenes’. Tradujo, por primera vez en España, un cuento de Truman Capote. Sabía que el progreso era un oficio de paciencia. Fue la última krausista, o quizás la primera. En la educación igualitaria de la sociedad veía vías abiertas a la justicia. Yo me acuerdo ahora de doña Carmen Castañón, que a su sombra creció. Cuando Madrid era una ciudad de pensiones infectas hubo unos adolescentes que soñaban con un mundo menos chato. Ellos, por lo menos, lo consiguieron.

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~ por La hospitalaria en marzo 26, 2011.

 
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